Con Temer en terapia intensiva, ya se cocina un "plan B"

    Por Instituto IDEAL
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    Mayo 22, 2017
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    En las calles se juega buena parte del futuro de Temer.
    El presidente de Brasil, Michel Temer, parece haber controlado en alguna medida el primer golpe de la tormenta que lo estremece como una hoja, pero su situación sigue siendo desesperada y su gobierno permanece en terapia intensiva.

    El diario O Globo le pide la renuncia debido a la delación de Joesley Batista, dueño del gigante global de la carne JBS, quien tuvo la osadía de grabarlo en la propia residencia oficial con apoyo de la Procuración General de la República y de la Policía Federal. En tanto, Folha de S. Paulo insiste en que el audio no es concluyente en lo que respecta a la supuesta anuencia al pago de una coima al extitular de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, a cambio de su silencio y da amplio destaque a la denuncia de los abogados presidenciales de que el mismo fue editado.

    ¿Ambos medios, emblemas del poder del sudeste de Brasil, la región que mueve al país, reeditan la histórica puja Río-San Pablo? ¿Representan también a fracciones diferentes del establishment? La guerra está abierta.

    Recordemos que hasta el estallido de esta bomba atómica, Temer cumplía todos los deberes, la "misión histórica" que le encomendaron los factores que lo llevaron al poder en medio de la conspiración contra Dilma Rousseff: las reformas fiscal, laboral y previsional, una tríada que toca intereses sensibles en la base social. Él mismo había asumido como propias esas tareas, con las que las aspiraciones de su vida política, tendientes a relanzar el crecimiento económico con un reparto diferente de las cartas, quedarían colmadas. El problema es que parte del establishment duda sobre si hoy está en condiciones de asegurar su concreción.

    Por las dudas, ya se cocina un "plan B": referentes de sus partidos "aliados" negocian en el Congreso quién se haría cargo de Brasil si Temer cae o lo echan.

    El indicado podría ser el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, considerado hoy por los mercados financieros el verdadero gobierno.

    Meirelles es un expresidente mundial de BankBoston y fue titular del Banco Central con Luiz Inácio Lula da Silva, quien lo utilizó desde 2003 para conciliar, justamente, con los mercados que recelaban de él y podían desquiciar su proyecto.

    Sugestivo: Meirelles aseguró en reuniones reservadas pero que trascendieron convenientemente que seguirá en su cargo incluso si cae "su jefe" Temer.

    La idea en esos enjuagues en el Congreso es, además, evitar a toda costa elecciones anticipadas. Decenas de diputados y senadores están investigados o procesados en el marco de la operación "Lava Jato" (lavadero de autos) y otros podrían sumarse en el nuevo caso JBS.

    Según la Constitución, en caso de acefalía de la fórmula presidencial, el Congreso debe nombrar un sucesor para completar el mandato en curso en un plazo de treinta días. En tanto, el presidente interino y contralor del proceso es el titular de Diputados, hoy el temerista Rodrigo Maia.

    ¿Aguantará la población una salida controlada por una casta política podrida, más cuando el proceso quedaría en buena medida en manos de un hombre tan cercano al defenestrado?

    Más allá de las manifestaciones que se producen todos los días, para mañana están convocadas varias en las principales ciudades, se supone más organizadas y mayores. Primero habían llamado tanto los grupos que apoyaron a Dilma en el impeachment como los que se lo promovieron. Pero estos últimos defeccionaron en las últimas horas, según el caso, alegando falta de condiciones de seguridad o que los audios no son concluyentes contra Temer.

    Esa abstracción que se da en llamar "la gente" está harta de la corrupción. ¿Pero el hartazgo movilizará más o desmovilizará? Mañana empezaremos a saberlo y en lo que pase en la calle se jugará buena parte del futuro inmediato.

    El escándalo de JBS es como un petrolão paralelo, todo un universo nuevo que revela la putrefacción de todo el sistema político.

    Nada, literalmente, queda ya en pie, lo que desnuda la pregunta de cuánto vale el voto popular cuando el dinero sucio atraviesa tan profunda y transversalmente el poder político.

    Por caso, Joesley Batista dijo que JBS alimentó las campañas de 1829 políticos de 28 partidos, en elecciones de todos los niveles y durante al menos quince años. Confesó, además, la compra de votos de todo tipo durante el impeachment de Dilma.

    La pregunta ya urge: ¿de qué hablamos cuando hablamos de democracia?

    En tanto, Eduardo Cunha, preso por corrupción y dueño de muchos de los secretos más oscuros de la República, salió con un comunicado. Obligado por las nuevas denuncias a negar haber incurrido en nuevos delitos, algo que puede complicarlo más de lo que ya está, dejó un mensaje a quien quiera escucharlo: "No estoy en silencio".

    Lula y Dilma son también víctimas de las denuncias de Batista, que indican que recibieron 150 millones de dólares para sus campañas presidenciales. Si hay pruebas directas contra ellos o si el exministro de Hacienda, Guido Mantega, supuesto intermediario, pagará el pato de la boda no surge aún con claridad. Pero lo que hay que mirar a esta altura más que las pruebas judiciales, es la condena social.

    ¿Qué decir de Temer? Por más que algunos todavía lo quieran hacer zafar, y aunque lo logren, salta a la vista que fue al menos concesivo ante el relato de delitos graves de obstrucción de justicia que Batista le hizo el 7 de marzo. Hechos que nunca denunció como debió haber hecho. Entonces, ¿puede zafar? Sí, pero es muy difícil. Insistamos: la clave es la condena social. 

    Y, ya que hablamos de una fachada democrática que se cae a pedazos, si el establishment aún cree que puede terminar la tarea encomendada.

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