Noticias regionales

    EL PATO DONALD Y EL OTRO DONALD

    Red de Comunicadores del Mercosur - Mar, 26/09/2017 - 20:50



    Por Ariel Dorfman

    A 46 años de la aparición del mítico Para leer al Pato Donald, el libro podrá por fin ser editado en Estados Unidos. El evento le sirve a su autor para poner una lupa sobre el Donald que hoy preside ese país, los elementos de la sociedad norteamericana que permitieron su elección y la alegría liberadora que necesita cualquier proceso de cambio para plantearse la posibilidad de una alternativa.

    Hace cuarenta y dos años, en julio de 1975, un oscuro funcionario del Servicio de Aduanas de los Estados Unidos ocupado en asegurar el cumplimiento de la ley de importaciones, decidió que un cargamento de libros impresos en  Londres podrían constituir un acto de piratería intelectual contra los derechos de Walt Disney, y procedió a “detener”, “incautar” y “someter a custodia” los cuatro mil ejemplares respectivos, solicitando que las partes en disputa, los editores británicos y la Disney Corporation, entregaran declaraciones legales sobre el caso antes de que se determinara el destino final de ese envío.

    El libro que había suscitado la suspicacia del Departament of the Treasury (Finanzas), del que depende la Aduana norteamericana, era la versión al inglés de Para Leer Al Pato Donald, que yo había escrito con el sociólogo belga Armand Mattelart en 1971 durante el gobierno revolucionario de Salvador Allende. Si he citado las palabras exactas con que se anunciaba el secuestro de nuestro libro es para acentuar que tal agresión era una más entre muchas que ya había sufrido nuestra crítica a Disney después del golpe de septiembre de 1973 que derrocó a Allende y su experimento de socialismo democrático.

    ¡Agua y fuego contra nuestro Pato!

    Agua: diez mil ejemplares de la tercera tirada del libro fueron lanzados por la Armada chilena a la bahía de Valparaíso. Y fuego: unos días después de la asonada militar, encontrándome en la clandestinidad, vi por televisión cómo un grupo de soldados quemaban, en vivo, centenares de libros, entre los cuales se hallaba Para Leer Al Pato Donald. No me sorprendió tal pira inquisitorial.

    Nuestro desmenuzamiento de los valores dominantes que escondían las historietas que Disney propagaba por nuestro país y tantas otras naciones de lo que se denominaba en esa época el Tercer Mundo había tocado un nervio en la burguesía chilena. Un airado automovilista había tratado de atropellarme, gritando “¡Viva el Pato Donald!” Fui rescatado de una turba anti-semita por un camarada karateca y la casa en que vivíamos con mi mujer y nuestro hijo Rodrigo fue el objeto de protestas de vecinos del barrio.

    Aún así, el espectáculo de ver mi propio libro ardiendo por televisión era particularmente inquietante. Había asumido, equivocadamente y con ingenuidad, que después de las infamantes hogueras nazis de mayo de 1933 en que toneladas de volúmenes que se juzgaban subversivos, decadentes e insuficientemente “alemanes” habían sido consignados al fuego, tales actos serían considerados demasiado reprehensibles para llevarse a cabo en forma pública. Pero los militares chilenos no tenían problemas con difundir flagrantemente su furia y odio. Y me recordó que quienes quemaban mi libro no tendrían problemas con hacer algo idéntico o peor al cuerpo indefenso del autor. Tal experiencia ayudó a convencerme de que aceptara, muy de mala gana, la orden de mi partido político para que abandonara Chile a fin de unirme a la campaña contra el General Pinochet en el exterior.

    Esa imagen de mi libro incinerado me acompañó al exilio, incitándome a meditar dilatadamente acerca del sentido profundo y desesperante de aquella hoguera. Había sido nuestra intención asar al spiedo a Disney y a su Pato, vacunar al pueblo chileno contra la plaga del American Dream of Life y su ideología competitiva, super-individualista y voraz. En vez de ello, como Chile mismo, el libro había sido consumido por una conflagración sin fin.

    El hecho de que los conspiradores militares y civiles habían sido financiados y alentados por Washington y la CIA, que Nixon y Kissinger habían desestabilizado el experimento maravilloso de Allende, le dio una sensación de derrota especialmente amarga a la quema del texto que desnudaba justamente la forma en que los Estados Unidos trataba a países como el nuestro. Creíamos con tanto fervor que nuestras palabras –y los obreros en marcha que las estimularon– eran más fuertes que el Imperio y ahora el Imperio había probado su poderío, nosotros éramos los que habíamos sido chamuscados y digeridos y escupidos.

    Y, sin embargo, pese a que tantos ejemplares de Para Leer al Pato Donald habían sido obliterados, el libro mismo cobraba una segunda vida en otras latitudes. Entre todas las traducciones, la que más nos importaba a Armand y a mí era la que se hizo al inglés. Si aquel “manual de la descolonización” (como la llamó el gran John Berger) no podía circular en la tierra que lo vio nacer, teníamos la esperanza de que podría encontrar nuevos lectores en la tierra que le dio nacimiento a Disney.

    No tardamos mucho en darnos cuenta de que el creador del Pato Donald, igual que el gobierno gringo que lo defendía y difundía, era más poderoso de lo que habíamos anticipado. Debido a que no le habíamos pedido autorización a Disney para reproducir algunas imágenes de las historietas que Walt publicaba con tanto desparpajo masivo en nuestras naciones, ningún editor en los Estados Unidos estaba dispuesto a arriesgar los juicios y pleitos que una armada de abogados había ya desplegado en tantísimas ocasiones para defender el copyright de la Disney Corporation.

    De manera que cuando el Servicio de Aduanas confiscó los ejemplares de How To Read Donald Duck, pensábamos que íbamos a volver a perder la pelea contra Disney. Para nuestra alegría y desconcierto, abogados del Center for Constitutional Rights en Nueva York convencieron al Treasury Department que no habíamos cometido piratería al reproducir los monitos y permitió la importación del libro. Con la salvedad de que, amparándose en una ley de fines del siglo XIX, decidió que tan solo 1.500 copias podían ingresar a los Estados Unidos. Esta decisión burocrática bloqueó efectivamente a los lectores de ese país de tener acceso al libro que se convirtió así en un ítem de coleccionista, por el que se paga hoy centenares de dólares en el mercado virtual.

    Ahora, por fin, después de cuatro décadas, How To Read Donald Duck va a circular en la patria de Disney como parte de un catálogo del Museo MAK de Los Angeles. No puedo negar que me da cierta satisfacción pensar que el libro reaparece tan cerca de Disneylandia y, también, de la tumba donde descansan los restos no tan inmortales de Walt mismo (el que no fue congelado criogénicamente, como murmuran las lenguas). Más importante, sin embargo es que nuestro texto carbonizado y prohibido ha logrado pasar subrepticiamente la frontera de los Estados Unidos en el preciso momento en que sus ciudadanos, animados por el tipo de xenofobia y nacionalismo exacerbado  que recuerda mi propio Chile regentado por Pinochet, ha elegido a otro Donald (aunque se parezca más al Tío Rico MacPato que a su sobrino más notorio) a la Presidencia en virtud de su promesa de “Construir Una Muralla” y “¡Hacer De Nuevo Grande a América!”. Nos encontramos, sin duda, en una coyuntura donde reina el deseo nostálgico de retornar a un país que Disney concibió en sus historietas como inmaculado, inocente y eterno.

    Me conforta que nuestras ideas, forjadas durante la revolución chilena, hayan arribado a estas orillas precisamente cuando algunos –¡demasiados!– estadounidenses se pasean con antorchas en lugares como Charlottesville, haciéndose eco de las hogueras de Santiago y Berlín, pero también en un momento cuando muchos otros compatriotas suyos se preguntan acerca de las condiciones que llevaron a Donald Trump al poder. Me pregunto si hay algo que podrían extraer quienes hoy son mis conciudadanos gringos de nuestra exploración de la ideología subterránea de este país. ¿Es posible ver la sombra de Donald Trump dentro del libro que desnuda a ese otro Donald, el plumífero?

    Por cierto que muchos valores que impugnamos en nuestro libro –la codicia, la ultra-competitividad, la sujeción de las razas más oscuras, la desconfianza y desprecio hacia los extranjeros (mejicanos, árabes, asiáticos), todo ello edulcorado en un himno constante a una felicidad inalcanzable– anima a cantidad de entusiastas de Trump (y no solo a sus seguidores). Pero tales blancos son demasiado evidentes y fáciles. Tal vez más crucial hoy es el pecado cardinal de los Estados Unidos que se agita en el corazón de las historietas de Disney: la creencia en una innata inocencia de la patria de Lincoln, la presunción de la excepcionalidad, la singularidad ética y destino manifestó de este país.

    Cuando escribimos el libro nos referíamos a la incapacidad –que sigue hoy– de la nación que Walt exportaba como un modelo de perfección a reconocer su propia historia. Si se desmorona la amnesia recurrente de la violencia y trasgresiones pretéritas (la esclavitud, el extermino de nativos, las masacres de obreros en huelga, la persecución y deportación de inmigrantes y rebeldes, tantas aventuras militares en suelo extranjero, tantas invasiones y conquistas de territorio ajeno, y la complicidad con autocracias y dictaduras en todos los continentes), lo que se derrumba es la cosmovisión supuestamente prístina de Disney, abriendo espacio para que otro tipo de país haga su lenta aparición.

    Aunque escogimos a Walt Disney como el ejemplo excelso de esta inocencia, ella se encarna hondamente, por cierto, en los pre-juicios de la inmensa mayoría de los norteamericanos, aun entre los más ilustrados. Una casi imperceptible muestra de ello es la reciente decisión de Ken Burns, el documentalista más celebre y admirable de las costumbres y trayectoria de su país, de comentar en su nueva serie televisiva sobre Vietnam, que esa intervención desastrosa y genocida en una nación lejana fue iniciada “de buena fe y por gente decente” y que se trataba de un “fracaso” y no de una “derrota”.

    Es una advertencia de cuán difícil será deshacerse de la idea abismalmente arraigada que los Estados Unidos, pese a sus fallas, es una fuente incuestionable de benevolencia en el mundo. Solo un país que continúa a bañarse en la mitología de esta inocencia, de una virtud otorgada por Dios y por lo tanto destinada a imperar en toda la Tierra, puede haber producido una victoria como la de Trump. Solo el reconocimiento de cuán perversa y enceguecedora viene a ser aquella inocencia puede conducir a una comprensión más amplia de las causas de la ascendencia de Trump y su dominio alucinante sobre tantos seguidores suyos, un reconocimiento al que nuestro libro quisiera contribuir, aunque fuera en forma mínima.

    Hay, sin embargo, un aspecto de How To Read Donald Duck que tal vez ofrezca una contribución de otro tipo a la búsqueda colectiva en que tantos estadounidenses perplejos están empeñados. Volviendo a leer este texto nuestro lo que me sigue inspirando hoy es su tono rebelde, la insolencia, el humor, la euforia que fluye por sus páginas. Es un libro que se ríe de sí mismo mientras se burla de Donald y sus sobrinos y sus compinches. Detrás de su deseo de un nuevo lenguaje para la liberación puedo escuchar a un pueblo que no se deja avasallar. Me devuelve al inmenso salto imaginativo que exige toda demanda de un cambio radical, Y captura algo que a menudo falta en esta era de catástrofes y derrotas: la certeza de que múltiples realidades alternativas son posibles, que están a nuestro alcance si tenemos el coraje y la inteligencia y la osadía de enfrentar el futuro sin miedo. Para Leer Al Pato Donald fue y sigue siendo una celebración de la alegría que acompaña el desborde de la imaginación, una alegría que es su propia recompensa, que no puede ser quemada en Santiago o desaparecer en la bahía de Valparaíso.

    Es esa alegría liberadora, ese espíritu de resistencia que me gustaría compartir con lo mejor que tiene Estados Unidos por medio de un libro que no lograron liquidar los soldados de Pinochet ni bloquear del país de Martin Luther King los abogados de Disney. Espero que en este momento confuso y terrible sea un modo modesto de recordar que de veras no tenemos por qué dejar el mundo tal como lo heredamos al nacer. Si pudiera re-escribir ese libro hoy, es probable que un mejor título sería, quizás, Para Leer a Donald Trump.

    * Ariel Dorfman
    es el autor de La Muerte y la Doncella y, más recientemente, la novela Allegro. Vive con su mujer en Chile y en Carolina del Norte, donde es profesor emérito de Literatura en la Universidad de Duke.

    https://www.pagina12.com.ar/64864-el-pato-donald-y-el-otro-donald

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    Trump en reunión con Rajoy pide a la Unión Europea que aplique sanciones a Venezuela

    NODAL - Mar, 26/09/2017 - 20:46

    Trump pidió a la Unión Europea que aplique sanciones al gobierno de Nicolás Maduro El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, formuló este martes un llamado a la Unión Europea (UE) a que aplique sanciones al “régimen socialista de Venezuela”, y agradeció el apoyo de España en ese esfuerzo. “Tengo esperanza que nuestros amigos en […]

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    CRISTINA MAPUCHE

    Red de Comunicadores del Mercosur - Mar, 26/09/2017 - 20:44


    Por Horacio González

    Horacio González analiza en esta nota los mensajes soterrados que contiene la entrevista realizada por Luis Novaresio a Cristina Fernández de Kirchner. La entrevista con Novaresio y el posterior acto en Florencio Varela, sostiene González, son capítulos difíciles pero adecuados para examinar profundas y firmes creencias colectivas.

           

    En la entrevista con Novaresio, hubo una Cristina tensa y en guardia, como lo revelaban expresiones de ella referidas al propio curso de la entrevista, y el modo en que el entrevistador preguntaba, razonaba, la interpelaba. En principio la advertencia de no ser llamada “doctora”. ¿Reflejo defensivo respecto del modo en que Jorge Asís la llama, apelando a un forzamiento falsamente galante, que habla más de las menudas astucias de este escritor antes que de los verdaderos alcances de sus lances de ingenio? Si fuera así, no era necesario, quizás, advertírselo a Novaresio, que es una pieza caballeresca del dispositivo de la “derecha democrática”, concepto que no existe como capaz de explicar el horizonte político bajo el cual vivimos, pero sí para definir convicciones y personas.

    A partir de allí, Cristina –y yo la llamo así también, porque pongo a prueba al régimen de intimismo que a veces sustituye la real lejanía que produce entre las personas la heterogeneidad de las sociedades-, Cristina, digo, entró en el clima habitual que ofrecen los géneros de entrevistas chocantes de la televisión. Pero el trato entre las dos personas separadas por una mesa, recortadas en el trasfondo de una redacción periodística, real o irreal, que seguía indiferente con sus tareas, fue un trato donde la cordialidad implícita en la pronunciación de los dos nombres de pila –el otro, “Luis”-, no lograba ocultar un dilema trascendente y único. ¿Es posible entenderse cuando los puntos de partida son tan diferentes en la visión del mundo, de la vida, de la política y del pasado? ¿Es la televisión el medio o ámbito adecuado para que eso ocurra, en caso de que alguna vez ocurra? Periodísticamente puede y debe ser posible, pero hay que preguntar a qué llamamos periodismo hoy, donde el grado cero de su escritura y actividad debería conservar una neutralidad efectiva para poder ejercer, luego, un efectivo ensayo de agudeza ideológica, en lo posible no facciosa, por parte del entrevistador. Pero si se intentó, no se vieron demasiadas evidencias de ese esfuerzo.

    En un momento final, Novaresio invocó el nombre de Bernard Pivot, que marcó una época de fuerte repercusión en la televisión cultural francesa, para hacer una pregunta que supuestamente tenía esa  fuente: “¿Cristina, dijo siempre la verdad en este reportaje?”. A pesar de la generalmente prestigiosa fuente de donde Novaresio tomó la pregunta, no parece pertinente que ahora el entrevistador ponga en juego ese concepto, más bien semejante a un juego refinado que el periodista francés realizaba en su más famoso programa, Apostrophes. Novaresio mostraba más bien una inquisición asimétrica que en este caso representaba a todo el aparato comunicacional hegemónico con una fuerte evocación contra todo lo que habitualmente se asocia a Cristina. “Miente”. “Actúa”, etc. Así se entendió, más allá del trascurso mismo de la entrevista, que tuvo momentos destacables, logros explicativos de la ex presidenta que no pueden pasar desapercibidos, y en ese marco, ciertas concesiones que parecerían tener un bastidor electoral, como la mención a Venezuela, que sonó a un rápido efecto defensivo –comparar a Macri con la misma actitud agresiva que se le adjudica a Maduro respecto a la Procuradora General-, que no hace entera justicia a una compleja situación del país caribeño. Los puntos comparativos de esa índole no siempre son satisfactorios.

    Si bien interesaría ahondar más en estas visiones de las que ahora parece ser portadora Cristina –explicadas en parte por la persecución mediática, en parte por la compleja situación mundial, en parte por el esfuerzo superior al que es sometido ante tantos embates-, nos enfocamos ahora en las figuras arquetípicas que implica una entrevista de esta índole. Ya lo dijimos: no vemos porqué la entrevistada se excusó del ceremonialismo pidiendo que se la llamara solo por su nombre político, “Cristina”, no por su nombre civil ni su condición de doctora. Era una imposición que no parecía necesaria hacia “Luis”. Pongo las comillas que Mario Wainfeld, con su acostumbrada lucidez, suele colocarle a los nombres que se pronuncian por televisión, para señalar que son aureolados por un indefinible aire de ficción, una cordialidad fabricada en el set, una intimidad forzada como si una conversación en ese espacio fuera a valer por su “verdad”. Si así fuera, se debería comenzar por establecer la real diferencia que queda forjada en el mecanismo televisivo cuando se enfrentan opiniones diversas, y no por su ilusoria camaradería originada en ese momento compartido de carácter ficcional y apariencia “naturalista”.

    Fue, de todos modos, una gran discusión política, donde un miembro educado de establishment, no un troglodita profesional, no pudo sino cumplir con el protocolo de temas que acosan sistémicamente a Cristina Fernández de Kirchner, pero desde luego, no dándoles el aspecto judicial-policial con que se suelen presentar habitualmente. Corrupción, bienes personales, Nisman, Irán, en qué tipo de régimen político vivimos. Cristina –ahora estoy yo en problemas para mencionarla-, tuvo una actuación digna, reteniendo hasta un punto adecuado su propensión a las ironías perceptibles por su punzante espesura, y dejó aflorar más bien su vocación para los retruécanos de fuerte connotación expresiva. Por ejemplo, antes no gobernaban empresarios, y sí militantes (así se definió ella), y no obstante pudieron crecer las empresas grandes, medianas y mucho más las pequeñas. Ahora que gobiernan empresarios, eximidos de establecer mediaciones políticas, las empresas cierran o están al borde de hacerlo.

    Este estilo de razonar, que Cristina frecuentó abundantemente en sus discursos gubernamentales, reapareció con la cuestión de los cuerpos. En este caso se trataba de un juicio político sobre los años sesenta. Había una verdad en aquellas creencias militantes de esa época, pues el sufrimiento se alojaba en los propios cuerpos de los ideológicamente comprometidos, hasta el evento póstumo de hacerlos desaparecer. En cambio ahora, hay decisiones abstractas de carácter represivo, dadas sin riesgo, que se alojan en cuerpos ajenos que desaparecen. Se refería con esto último a Santiago Maldonado, y con lo primero, a los militantes de hace medio siglo, que se exponían a pesar de que –sugirió Cristina-, estaban equivocados.

    Estas torsiones del lenguaje, revelan algo que también a Bernard Pivot se le escaparía. La verdad no es un ente fijo que se sabe a sí mismo, ni una invención festejada por los irresponsables como post verdad, que se podría mover como un autito de plástico, infantilmente, de un lado a otro. La verdad es o sería un juego de tensiones que se ejercen en un tiempo dado, definible por su ahora, por su inestable actualidad, pero nunca incapacitado de cotejarse con otras tensiones, con la historia de los propios desasosiegos locales y universales. Por eso, Cristina dijo la verdad, pero no desde el “a priori” idealista que imaginó Novaresio –la verdad del periodista perteneciente a un régimen de poderes establecidos- sino de un modo de autoreflexión, el modo en que le permite su propio balance en curso sobre su gobierno, la manera escandalosa en cómo se la ataca (ese Libreto Mayor, que a pesar de todo, Novaresio utilizó sin mayores ensañamientos) y las áreas en que se destaca comparativamente el gobierno anterior con el que lo siguió, siguiendo aquellas específicas donde aparece la fantasmagoría de López. Ese nombre flota amenazante, es principalmente una imagen de “Ciudad Gótica”, una estampita religiosa herética, un relicario de historieta con casco y chaleco antibalas que revolea eternamente bolsos sobre un paredón monástico. El “relato”, tanto que hablaron de eso, no puede ser más perfecto. Ya está completo, la ficha colocada en el cartón con fijeza de una chinche sobre la cartulina de la historia contemporánea del país. “Matriz Corrupta”. Ni Batman resuelve el tema.

    En cambio, con los mapuches, el Gobierno no encuentra el rumbo, es decir, a quien cargarle los síntomas de la tragedia, no le alcanzan las operaciones de inteligencia super-escenográficas. Así fue la de López, comisionado eminente de las ilegalidades paralelas al Estado, sobre la base de tráficos entre empresas contratistas, los gobiernos reales y personajes propiciatorios que recorren todo el espinel político, pero retransmitidos por la onda rocambolesca de los analistas del FBI de las televisiones con semiólogos de turno. Si a propósito de Maldonado no consiguen la foto adecuada -por el momento tienen un gendarme joven de apellido Echazú con una parte de rostro con un rasgón de sangre-, en el caso López, el núcleo efectivo, cuan cierto que esté teñido de verdad, también lo conforman decisiones especializadas en grandes guiones de truculencia escénicas, televisivas.

    En la línea “Campaña del Desierto” se hurga la posibilidad del Mapuche Culpable, así como con el caso Nisman se quiere desviar lo obvio –un suicidio de Estado, no un suicida por causa del Estado- y transformarlo en una conspiración entre querandíes, ranqueles, tehuelches o…mapuches. Póngase “kirchneristas” en el lugar que corresponda. Mapuches asesinos, mapuches ilegales, mapuches falsos que esconden floggers, o cómo se llamen, o sea “tribus urbanas” de muchachos desocupados que entorpecen las veredas. Molestan además porque en la terminología canchera de los etnógrafos de los Canales oficiales, decir tribu urbana es de buen gusto, pero ya que haya tribus verdaderas, lleva a consultar las historias inverosímiles sobre canibalismo de los viajeros europeos del siglo XVIII.

    No saben cómo hacer de la Culpa un “Uno”, una singularidad, cuando cualquier construcción al respecto llegaba a la Matriz. En el pensamiento televisivo oficial, López no era un “uno singular” sino que encarnaba la Matriz. Ahora, ésta ya no aparece. O en el notorio suceso trágico ocurrido en el lejano sur, ya no debe portar el rostro de la Gendarmería, que es el Estado. Por eso, la elaboración de lo que falta en el caso Maldonado, el casco del reo saliendo del convento con los ojos fuera de órbita, lo trasladan al chaleco puesto sobre Cristina, el modo en que es refutada, despreciada o imitada grotescamente en los programas cómico-políticos: Cristina Mapuche.

    Peligro de reincidencia mítica de la gran amenaza, que lograron encarnar, como las grandes leyendas primitivas, la que acostumbran unir comunidades imaginarias que pasan a temer la supuesta realidad de un despojo (cuando los verdaderos causantes del despojo son los que generan ese concepto salido del gabinete de “invención de leyendas”).

    Pero, en fin, el núcleo emancipador del kirchnerismo, cuya alma real es la que tantas veces reitera Cristina –lo hizo en el acto de Florencio Varela, mentando un desarrollo nacional multiclasista y alianzas sociales democráticas, para decirlo a la manera habitual-, quiere ser sustituido por el oscuro caos de una reinante corrupción, mancha siniestra a la que en vez de encontrarle su racionalidad jurídica, la convierten en un misticismo de fuerte pregnancia. Materia prima de los exorcistas de turno. Con ella acarician la hipótesis máxima, con la que se entusiasman y al mismo tiempo aceptan la dificultad de su cumplimiento. La prisión de Cristina. Como conjura que enhebra con la misma aguja el desinterés por las instituciones republicanas y el temor por el incisivo planteo de Cristina de interpretar como una interrelación complementaria la precarización social y laboral, con la precariedad democrática y de las fuerzas autónomas del derecho. Un planteo notoriamente superior a aquel que denominan –no sin gracia- “el peronismo racional de Pichetto”.

    En el terreno de las formas jurídicas ajenas a su politización brutal –la justicia está hoy quebrada por dentro-, estos casos deberían ser evaluados junto a las desmesuras de las artimañas oficiales, tanto en las zonas crípticas de la política (casi todas), o en los manejos financieros del macrismo, públicos y privados. Ya que obedecen a una fusión de campos de sentido diversos, desconocida antes, pero apenas mencionadas con el salvavidas conceptual del “conflicto de intereses”. Esto señala más un problema antes que ofrecer una garantía de rectitud política. ¿Cómo un gobierno va a iniciarse presuponiendo que en su seno hay tales “conflictos”, que merecen  regulación especial?

    Lo que dijo Cristina sobre López en la entrevista es sustancialmente cierto, es un magma explosivo que debilita el conjunto de las fuerzas democráticas desatadas por el kirchnerismo, pero que recorre todas las gradaciones y ámbitos actuales o pasados de los procedimientos económicos oficiales, del anterior y de éste. Pero allí anida una debilidad, y quien hace esa pregunta sabe que pone a los astros en conjunción favorable hacia él. Pues se carece de más convincentes explicaciones que incluyan la desmesura de los flujos oscuros de moneda que caracteriza al Macrismo –es una ilegalidad enmascarada permanentemente, y para decirlo con palabras de Cristina, una democracia precarizada o una ausencia efectiva de estado de derecho-, y falta la simbolización que las “honestas” grúas macristas ya han producido por doquier, pues en la teoría de las excavaciones la tienen fácil: cambian monumentos, derriban los muros de la residencia de Olivos (a fuerza de vecinos sin secretos), escarban la Patagonia… Allí su provincia preferida se llama Benetton y el distrito sagrado Joe Lewis. Este “mundo grúa” es un artefacto específico del macrismo. Nadie más lo logrará.

    No obstante, o bien Cristina es Lady Macbeth y desea engañar con ojos humedecidos a Novaresio, o allí hay un verdadero vacío explicativo que el régimen mediático dominante no quiere que se aclare, porque es su carta fundamental, su carpetazo con casco, su operación más exquisita montada en la ronda nocturna de un desdichado operador político que como los personajes del infierno dantesco, está sumergido eternamente en cieno y sospecha, el pantano de signos de la Argentina propiamente dicha. Omitiéndose de esta cruel historia, el gobierno actual descansa allí y busca nuevas imágenes con casco, un gendarme apedreado, etc. Pero a esta construcción de “Cristina Mapuche” hay que contraponer no solo las cifras del endeudamiento macrista que “servirían para varios Arsat, varios o muchos hospitales, etc.”, como dijo Cristina en Florencio Varela. Hay que contraponer asimismo otra idea del político que en su biografía dramática introduce en el análisis la  dialéctica de sus propios actos. Este paso debe comenzar a darse.

    Está bien que se invierta el argumento macrista y se les devuelva bajo una forma infinitamente peor, cuando ellos se miren, si se animan, en ese espejo. Pero aun así, siendo incomparables ambas gravedades – “bolsos” contra “blanqueos”-, la parte de la religión que celebra el macrismo con sus “idola tribu”, aún reza por la estampita de López. Con sus puertitas, saliendo del monasterio, y como los anticristos de utilería, juzgado por “revolear bolsos” sobre los muros, como espectro del medioevo, pues el poder de esa imagen admite variados relatos sobre lo inexistente. Incluso Novaresio, un periodista que se jacta de cierta precisión en el uso de lenguaje, dijo “revoleó bolsos”, lo que la imagen no contiene ni nunca mostró. El verbo revolear se invoca para hacer ridícula la grave desmesura de esa filmación, y poder narrarla por televisión. Contiene, sí, una tal excentricidad icónica que no tienen los sin embargo más amenazadores Panamá Papers, que nadie vio “revolear”, donde yace la verdad última. Pero abstracta. El macrismo toma las decisiones más pesadas sobre la historia nacional, pero su estilo es abstracto. Es la burla de las meta-finanzas invisibles a los bolsos voladores “vistos” por millones de espectadores. Se vio un arma, bolsos que se pasaban de un lado a otro al ras del suelo. Sí, claro, eso se “vio”. Pero lo que ofrece el relato vigente es la capacidad voladora de los bolsos de kriptonita, materia shakespeareana provista en gran medida por los “service”.

    Estos íconos, operaciones, leyendas, locuciones míticas,  afectan la verdad del kirchnerismo en la medida en que acepta la litografía del Mal, que refleja un evento real pero del que debe analizarse su arquitectura compositiva. Este hecho muestra explícitas oscuridades, condenables, cuyos estragos son visibles, pero tiene escala menor que los daños implícitos de las aguafuertes ocultas del macrismo. Pero eso lo dirá con más fuerza la historia real del período cuando sea efectivamente reconstruido.

    Ahora, admitir el modo en que podía moverse un área “no sabida” del anterior gobierno, no implica no saber en qué consistía. Al saberlo y explicarlo no solo no se aguaría una médula dominante,  nacional popular democrática, sino que se reforzará su posición más genuina e innovadora y se podrá, en efecto, desmantelar lo que esos hechos cargan como matriz teológica de los falsos sacristanes. Pues a todos les son inherentes: a los gabinetes secretos del macrismo también nos referimos. A los servicios de informaciones, los alquimistas de imágenes, los fabricantes de leyendas narcotizantes. Las creencias colectivas suelen ser tan firmes como mármol de Carrara o el hierro con que se hizo la Torre de Eiffel.  La entrevista con Novaresio y el posterior acto en Florencio Varela son capítulos difíciles pero adecuados para examinar creencias colectivas, como un avión meteorológico que se mete en el ojo de un huracán.

    *

    Horacio González –

    Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

    ​http://www.lateclaene.com/horacio-gonzlez-cristina-mapuche​

     

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    “SIEMPRE LOS SIGO”

    Red de Comunicadores del Mercosur - Mar, 26/09/2017 - 20:37

    Por Eva Giberti

    La radio, como medio de comunicación, instaló su poder durante décadas. Antes que la teve concitó la reunión familiar alrededor de  determinados programas y avanzó en la especulación de los avisos y publicidades; algunos de los cuales se hicieron famosos, se tarareaban –y continúa sucediendo– como melodías pegadizas que ilustran la cotidianidad.

    Despues de tantos años, alrededor de la radio y penetrando en ella, se advierten fenómenos sociales y psicológicos que desbordan la relación “radio” y “público”. Por ejemplo, la frase que, emitida por un oyente, “sale al aire” diciendo en plural “Siempre los sigo”, como si el programa fuese un líder o un ser divino  al que se le brinda lealtad y consecuencia.

    De este modo la subjetividad del día a día se socializa y adquiere la plenitud de aquello que se logra exitosamente: acercarse a quienes realizan un programa radial. El llamado al teléfono de la radio se convierte en una oportunidad que posiciona a la persona que llama en un protagonista y establece una relación entre subjetividad y ciudadanía. Quien interviene de ese modo, si bien por una parte se expresa como “seguidor”, al mismo tiempo logra introducirse en el aire del programa y con su propia voz instalar un campo ciudadano nuevo que se caracteriza por la oportunidad para opinar mediante el beneplácito hacia quien conduce la programación. Lo hace en ejercicio de una subjetividad que lo autoriza, como ciudadano, a formar parte de un mecanismo identificario: se identifica con quien conduce determinados contenidos. Fenómeno interesante porque permite expresar una opinión mediante una síntesis concreta: “Pienso igual que quien conduce el programa”. Es decir, emite un voto de confianza, ejerce un particular derecho al voto para lo cual solamente precisa un teléfono que lo conecte con la radio.

    La reiteración de la frase la torna entrañable y una vez pronunciada genera un cálido mensaje de apoyo al mismo tiempo que respalda a quien emite el programa. Se constituye un interesante mecanismo de irrupción de la subjetividad del radioescucha que habla como un ciudadano con derecho a una palabra que no precisa permiso para ser emitida y escuchada.

    Puede suponerse que quien así procede queda satisfecho con su intervención, especialmente cuando se escucha a sí mismo “saliendo al aire” con su voz. Cuando reconoce su derecho como ciudadano participante de un circuito que siendo cotidiano es, sin embargo, ajeno. Ya que no forma parte de los empleados de la radio.

    Para quien deja ese mensaje no caben dudas acerca del efecto que se supone  producirá esa frase en quien la recibe, como satisfacción narcisista de quien es “seguido”. A quienes se “sigue” es a los componentes del programa, a los sujetos del habla que se dan a conocer por sus palabras ordenadas canónicamente según la producción que organiza la salida al aire; es decir, existe una intermediación y quien conduce no solamente se expresa a sí mismo, también reproduce la mediación de quienes son los dueños del programa. Pero esa realidad resulta sobrepasada por la necesidad de  hacerle saber a quien conduce que cuenta con un público leal.

    También sugiere un cierto orgullo por parte de quien se habilita a sí mismo para existir como radioescucha comprometido respaldando a determinados conductores. La frase se convierte en una afirmación de derechos, opinar y hacerse escuchar al mismo tiempo que reclama la decisión de llamar por teléfono, esperar ser atendido por la producción del programa y seleccionado para ser escuchado. O sea, una subjetividad que busca satisfacerse entrometiéndose en un ambiente del cual no forma parte. Hasta que se escucha a sí mismo valorizando a alguien a quien respalda. Y ese respaldo le parece sumamente importante. Sin duda así es para quienes conducen los programas y se saben “seguidos”.

    “Siempre los sigo”
    es una afirmación que ha ingresado en el aire radial para decir mucho más que lo que afirma: un ejercicio de subjetividad ciudadana que mediante un proceso de identificación logra opinar como público presente. Saberse público presente constituye un paso gigantesco desde aquellas primeras transmisiones del año 1920, cuando la familia rodeaba al aparato de radio para escuchar las novelas o el fútbol. “Siempre los sigo” supera la trivialidad de la observación coyuntural: se trata de un circuito que enlaza la subjetividad con la ciudadanía y la opción de opinar. Es probable que no se conceda importancia al fenómeno, pero es interesante darse cuenta que uno mismo se introduce en las mediciones de audiencia, es decir en el éxito o fracaso de un programa que, comercialmente, está evaluando si continúa sosteniéndolo o no.

    https://www.pagina12.com.ar/62732-siempre-los-sigo

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    NODAL - Mar, 26/09/2017 - 19:52

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    El Gobierno chileno anuncia que mañana comienza el juicio a mapuches en huelga de hambre

    NODAL - Mar, 26/09/2017 - 18:49

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    Venezuela: la oposición anunció que no asistirá al encuentro por el diálogo con el gobierno en República Dominicana

    NODAL - Mar, 26/09/2017 - 17:32

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